Si bien la vida no siempre ha sido fácil, hay anécdotas de ella que son algunas verdaderamente hilarantes, otras dramáticas y algunas más meramente informativas. No quiero dejar pasar la oportunidad de comentar una de las primeras. Corría el año de mil novecientos mil novecientos noventa y uno, el segundo de mis hijos contaba con apenas cuatro años, como podrás imaginar a esa edad es todo inocencia. Un día de tantos, en una tarde de primavera mi hijo se encontraba jugando en el jardín que estaba a pocos metros de mi casa, el sol caía a plomo, el niño corría y saltaba de un lado a otro, llegó el momento en que el calor lo sofocó y la sed se hizo presente. Subió corriendo los escalones de los tres pisos del edificio en condominio que habitábamos, tocó fuertemente la puerta y entró corriendo directamente al refrigerador, antes de abrir la puerta dijo -tengo mucha sed-. Casi con desesperación, tomó el envase de un refresco, lo destapó y ávidamente se lo llevó a la boca, no bien acababa de tomar el refresco, cuando se llevó una mano a la garganta y con apenas una audible voz, exclamó: -¡se me atoró!-, asustada le pregunté -¿qué se te atoró?- y él contestó -el gas-, sonreí un poco y le dije con tranquila voz, -no te preocupes hijo, repite el gas-, abrió los ojos de un gran tamaño y empezó a gritar con su vocecita ahogada -gaaaas, gaaaas, gaaas- al hacer esto yo empecé a reír como loca, pues al no haberme sabido explicar, mi hijo en vez de eructar, empezó a gritar el gas. Esta anécdota ha quedado en el recuerdo de la familia y aún nos hace reír cuando la evocamos. 
El gaaas!
Marzo 20, 2006 de xelaxel


